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VaportiMontoya con la Semana Santa sevillana
Cualquier transeúnte que camine por la capital hispalense a principios del mes de Abril sentira que la misma tiene una aroma a azahar detonante de la explosion primaveral que tiene la ciudad, indicativo inequívoco de la llegada de la semana grande. Embriagado por el aroma de los inciensos semana santeros que recorren cada recoveco de la ciudad, nos damos cuenta que algo importante se avecina.
Si observamos detenidamente el centro, los días previos a la semana santa, se respira en la gente la llegada de la misma, encontrándonos bulliciosos negocios de ropa, en los cuales los ciudadanos buscan las mejores galas para el comienzo de la misma por todo lo alto con la llegada de el domingo de ramos, no solo lo denotan los ciudadanos, si no que la ciudad entera se viste de fiesta, los balcones se engalanan, los palcos de la carrera oficial esperan avizores la llegada de el pueblo y las flores de los palios y pasos brotan a borbotones como si tuvieran vida propia.
Como si de una gran inauguración se tratara, llega el domingo de ramos en que la ciudad tiene esa luz especial que se siente, se respira, se palpa, mágicamente ese día brilla mas que nunca gracias a sus protagonistas principales; los niños, que esperan con ilusión la famosa borriquita, deseosos de que su ramita de olivo sea bendecida, con la misma ilusión que antaño lo hicieron sus padres, abuelos y bisabuelos, con esa inocencia pura que llena de mil colores la ciudad hispalense.
Otro protagonista indiscutible es el silencio el cual esta presente en cada barrio de la ciudad, en cada silla de la carrera oficial, en cada balcón, un silencio respetuoso, tranquilo, conmovedor en momentos, contenido en otros, uno descubre en esta semana el ramillete de silencios existentes en los seres humanos después de vivir la semana santa Sevillana. Yo nunca entendí el sentido de la palabra fe, hasta que vi a la gente llorar, emocionarse, seguir muchas horas descalzos a su virgen por una promesas. Cantar saetas, las cuales aunque tú no compartas las mismas creencias se te clavan en el alma como un puñal abriéndote el corazón a sentir las emociones mal dulces.
Las imágenes son impresionantemente bellas, desde los nazarenos con sus antifaces andando con sus velones sembrando un camino de cera hacia su destino, hasta los palios cuajados de flores, los mantos de las vírgenes, obras magnificas y las tallas de madera verdaderas obras de arte, todo ello aderezado con las solemnes bandas de música que te ponen los bellos de punta. Quiero destacar en este relato, la noche de la "madruga", en la cual la oscuridad de la noche cerrada acentúa la belleza de los palios, y las velas son como pequeños soles que adornan a las vírgenes y cristos, dándoles vida propia como si caminaran sin la necesidad de los costaleros. Parece mentira y no se con que palabra definirlo pero en apenas dos días sentí la extraña sensación de que uno de aquellos pasos era el mío, al cual le debía mi devoción o admiración por mis raíces andaluzas y arraigo familiar. Este paso sale a las calles Sevillanas la noche de la "madruga", aunque llega con las luces del alba a la carrera oficial. Hablo del Cristo de los Gitanos llamado popularmente "el manue", junto a su virgen de las angustias coronada llamada también cariñosamente "la gitana", ambos despertaron en mi , sensaciones que me gustaría compartir con ustedes.
Como dije anteriormente con las luces del alba y encarando la calle Sierpes después de su entrada triunfal por Campana, aparece el Cristo de los Gitanos, una talla bellísima y de delicada sencillez, en que por primera vez todos los brillos y destellos de los mantos y sayas fueran inútiles ante tanta belleza, basada simplemente en la humildad de su tunica morada aterciopelada y esa cara del "manue" con el sufrimiento marcado en sus facciones por el peso de esa cruz que le ha tocado llevar a cuestas, es como si al paso del Cristo fuera llevándose todo el dolor y sufrimiento de los allí presentes para cargar con el hasta el final de su trayecto, entrando en la catedral al son de la saeta del Cristo de los Gitanos, bella pieza compuesta por Juan Manuel Serrat.
Tras el la Virgen de Las Angustias Coronada, guapa donde las haya, llorando por su hijo Jesucristo, bailando entre sus varales de plata, al ritmo impuesto por sus devotos costaleros, y cubriendo el final de su frente maravilloso manto azul pavo con la insignia de la casa de Alba regalo que lleva con orgullote una de sus máximas devotas, la Duquesa Doña Cayetana.
Sensaciones entrelazadas, emociones compartidas, belleza sublime que hicieron de mi en esa "madruga" ser una persona diferente, o por lo menos ampliar mi concepto de la belleza, de lo que no se puede explicar con palabras, de lo que como dirían en Andalucía "lo tienes que vivir en tus propias carnes". FLORENCIO MONTOYA PEREZ Otras novedades |